martes, 6 de julio de 2010

PHILIP W. JACKSON



El libro “La vida en las Aulas” de Philip W. Jackson, es escrito a fines de la década de los años 60 en EEUU, y a quien se le atribuye el concepto de currículum oculto. Pese a lo que uno pudiera pensar, el texto de Jackson no se inscribe dentro de la tradición de la Pedagogía Crítica, y de hecho, sólo desliga tangencialmente comentarios acerca de cómo la función interna de la escuela se relaciona con los requerimientos de una sociedad desigual, sin llegar a establecer conexiones más profundas entre éstas.
En su texto Jackson compara a la escuela con otras de las llamadas “instituciones totales” como las cárceles y los hospitales siquiátricos. También señala que los niños deben estar en la escuela, tanto si quieren como si no. El escolar, como el adulto encerrado, es en cierto sentido un prisionero. El autor dice que pese a que las aulas comparten en algunos sentidos semejanzas con otros espacios como los hogares e iglesias, existen tres características que hacen la diferencia que más bien son hechos vitales que hasta el más pequeño debe aprender a enfrentar, las resume en tres palabras: masa, elogio y poder.
Masa: “Aprender a vivir en un aula supone, entre otras cosas, aprender a vivir en el seno de una masa…la mayor parte de las actividades realizadas en la escuela se hacen con otros, o al menos, en presencia de otros y esto tiene profundas consecuencias para la determinación de la calidad de vida de un alumno”. En ese contexto, el profesor se transforma en el “limitador” de los acontecimientos e interacciones, en aquel que marca los horarios comunes y pone coto a los impulsos individuales. Este carácter de masa frente a las expectativas institucionales provoca situaciones complejas como el hecho de que se le exige al alumno(a) que ignore a los que tiene alrededor:
“Los alumnos deben comportarse como si estuviesen solos cuando la realidad es bien distinta. Han de fijar sus ojos en el papel cuando otros les hacen muecas…no es raro encontrar alumnos sentados frente a frente en torno a una mesa mientras, al mismo tiempo, se les exige que no se comuniquen entre si…tendrán que aprender a estar solos en el seno de una masa si pretenden triunfar en sus estudios”.
Por otra parte, esta situación de masa o “hacinamiento” como la llama también Jackson, significa que no todos los alumnos(as) pueden ser atendidos al mismo tiempo o siquiera alcanzan a ser considerados en su totalidad por el profesor(a). Aquí es donde aparece el currículum oculto que transforma en virtud esencial a la paciencia. Paciencia que no es privativa de la escuela, sino también juega un rol esencial en la fábrica, oficina, hospital o prisión: “en todos esos ambientes, los participantes deben “aprender a trabajar y esperar”. En un cierto sentido tienen también que aprender a sufrir en silencio.
Elogio: Probablemente no existen muchas otras instancias o situaciones aparte de la escuela donde una persona se encuentre prácticamente siendo evaluada en forma permanente. Y es al profesor(a) a quien se le exige que formule juicios sobre el trabajo y la conducta de sus alumnos y que se los comunique a estos y a otras personas. (Pero el alumno(a) no es sólo evaluado por sus profesores, sino también por sus otros compañeros y aún por si mismo, en una autovaloración).
Someterse: después de todo “la mayoría de los alumnos aprenden pronto que los premios se otorgan a los que son buenos. Y en las escuelas ser bueno consiste principalmente en hacer lo que manda el profesor”. Aunque nos preciemos (y realmente lo seamos) como profesores de ser flexibles, abiertos y acogedores con nuestros alumnos, ello no oculta, quizá sólo atenúa, el hecho de que el poder calificador de la institución y del sistema está en nuestras manos. A nosotros se nos puede (o quisiéramos) olvidar aquello en ocasiones, pero a nuestros alumnos(as) rara vez se les olvidará. El peso del currículum oculto se hace invisiblemente evidente.
Poder, o más bien, la desigualdad de poder: Obviamente esta no es una característica sólo del mundo de la escuela, desde que nacen los niños y niñas se enfrentan a la realidad de la autoridad de un adulto, especialmente sus padres. Pero el profesor es un adulto con el cual no hay en principio ninguna cercanía ni intimidad, por lo que para el niño(a) eso significa “aprender a recibir órdenes de unos adultos que no los conocen muy bien y a quienes ellos mismos tampoco conocen íntimamente”. Esto no niega que en ocasiones se establezcan relaciones de gran proximidad y afecto entre profesores(as) y alumnos(as), pero generalmente eso se da por factores personales de ambas partes y no por las características institucionales de un espacio que no está estructurado para que aquello suceda.


Autoevaluación: el alumno es evaluado por si mismo
Evaluación Evaluación compañeros: el alumno es evaluado por sus compañeros
Evaluación maestro: el alumno es evaluado por el maestro

La evaluación permanente no se refiere sólo, ni principalmente a los exámenes o pruebas académicas del tipo que sean, sino que también los alumnos(as) son evaluados en función de su ajuste a las expectativas institucionales y de su conducta. En ese contexto los alumnos(as) desarrollan estrategias adaptativas al carácter evaluativo prácticamente permanente de la escuela: “comportarse de manera que promueva la probabilidad del elogio y reduzca la del castigo; comportarse de modo que se disimulen los fallos en el cumplimiento, en suma, engañar; desligarse emocionalmente, así el alumno(a) ni se siente exaltado por el éxito ni deprimido por el fracaso.”

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